Dame la mano. Sígueme por esta ruta de miserias, amigo. Sé que eres una persona decente y que no te lo has buscado. Por eso precisamente te llamo a ti. Sé que tú verás cómo nos engañan. Que se lo dirás a tus hijos, a tus amigos. Que advertirás del peligro que corremos. No te quiero poner triste. Pero alguien tiene que hacerlo:

Resulta que no todo es como nos lo venden. Que la gente no lleva la sonrisa pintada, y que se esconden detrás de sus periódicos para no tener que mirarte a la cara cuando van en el autobús. Que tienen miedo. Que malviven aterrorizados: Que no quieren perder su trabajo, romper con su pareja, sentirse solos. Todos se temen.

Unos pocos reinan, sin embargo. ¿Los ves? Están ahí arriba. Desde ese sitio lo controlan todo. Se ríen. Saben que somos conscientes de la fragilidad de nuestras vidas, y se aprovechan. Te venden la moto: Tienes que tener una hipoteca antes de los treinta. Un marido antes de los treinta y cinco. Hijos antes de los cuarenta. Eso es felicidad. Ah, y debes viajar ahora que eres joven. Después no. Tampoco puedes cambiar de empleo. Existen los parados. Tienes suerte. No te enfrentes a tu familia. Ellos te quieren. ¿El Gobieno? Hace lo mejor para ti. Seguridad. Yonquis fuera.

No me llores. Todos se esconden. Estamos solos unos pocos aquí, en el caos. Esperando en las trincheras. Si te vas, lo entenderé. Pero -hazme el favor, amigo- cuéntaselo a los demás.