Dicen que estás enferma. Y que te tienes que curar ya, ahora, desde hoy mismo. ¿Te acuerdas? Dos años de vómitos a escondidas que sabían a fracaso, y mucha sonrisa insípida que disimulaba lo mal que te sentaba vivir.

Y ahora todo el mundo a una, empujando: El psicólogo, el médico, la psiquiatra a la que no soportas. Tus padres, tus propios amigos. Los vecinos sólo lo hacen en silencio, porque no se atreven, porque prefieren el rumor extraoficial a las palabras textuales.

Y tú lo soportas todo, las charlas en el diván, las sesiones interminables, las comidas acompañadas y todos esos ojos en tu plato. Hasta te comes una galleta de vez en cuando, para demostrarte a ti misma que aún eres capaz. Y el otro día te bebiste un par de chupitos. Como si nada.

Yo no puedo hacer más que admirarte y llamar de vez en cuando. No entiendo cómo me sonríes, cómo sigues yendo de compras. Me siento empequeñecida por tu fuerza de voluntad.

El otro día salimos. Ya hacía tiempo que no nos corríamos una juerga las dos juntas, joder. Y la noche me supo mal. Paletos babosos rodeándote y rifándose a la morena delgadita. Comentarios obscenos que se suponen piropos, miradas lascivas que atravesaban tu falda de Zara. Les encantas enferma, enclenque, delgadita y manejable. Me dan asco.

Ellos. Los buitres. Antes te obviaban y ahora te adoran. Alaban tu enfermedad sin saberlo. Tuve ganas de echarlos a patadas de nuestro círculo en la discoteca. Me callé y seguí bailando, e intenté creer que vas a seguir por buen camino, que vas a seguir yendo a tu terapia y comiéndote todo lo del plato y saliendo de tu depresión.

Después nos marchamos, cada una a su casa. Me quedé triste pensando.