Yo, en la nuca, me tatuaría una golondrina. Antes se las hacían los marineros al partir y al llegar a puerto otra vez, pero yo la dibujaría en la servilleta de un bar en Barcelona y me marcharía a un local de tatuajes, para que un viejo calvo y grande me perfilase una golondrina bien bonita, grande, simple, voladora.
Y así, cuando estuviese un poco perdida, me rascaría el cuello y tocaría con disimulo el dibujo. Y me acordaría de Barcelona, y de las terrazas de los bares y del viejo tatuador. Y todo adquiriría sentido.
Y volaría mi nuca sin necesidad de llevarse detrás mi tronco ni mis brazos ni mis piernas, que pesan y estorban cuando vas a volar a más de mil quinientos metros de altura. Lógico.


Pues es una idea genial, a lo mejor te copio la idea, a mi me gusta llevar siempre Barcelona conmigo, tal vez por vivir lejos de la ciudad.
Besos
Lady Bourbon
Esa magia a flor de piel...
Tu golondrina me acaba de recordar Barcelona a mi también.