Que mires a otra. Que no me critiques pero no me halagues. Que la alegría de estar juntos sea sólo la fotocopia de las pelis de Sandra Bullok y compañía multinacional. Que nunca vaya a tener un cuerpo de modelo. Que no tenga fuerza de compasión para pasar hambre. No dormir lo suficiente. No protestar lo suficiente. Quererte como si fuera el primer día (de palomitas y gominolas, de quince años y encuentros a escondidas). No llegar tarde a casa. No conseguir a quien yo quiera. No pasar hambre sin vergüenza. Llorar siempre que leo un libro. Escribir diarios.

Eran mis rabias de adolescente. Que vuelven esta noche, cuando el ska se apaga de cansancio y la gente se dispersa -o se junta- para dormir.
Y yo, la de las rabias escondidas, se marcha a casa con altas cantidades de alcohol en sangre. Pensando 'por qué' y 'por qué no'. Jurando, como si tuviera trece años, que no volveré a tocar un kebab de los de su calle en lo que le queda de vida. Tirando, con asco, mi ropa al suelo. Escupiendo sin saliva al espejo y recordando lo miserable que soy cada vez que amenazo con ceder a la alegría.