This is what you get,
This is what you get,
This is what you get…

Ana miró impasible al café. El café, como era de esperar, no la miró de ninguna manera. Extrañamente, después de suspirar, se dio cuenta de que no le salían las lágrimas. No sentía nada. No había habido ni un solo día de calma completa en esos treinta y seis meses. Ni una discusión sin llantos. Ni una noche a la semana sin desvelo y pesadillas. Después de tanto reñir, de tanto rascarse el corazón con estropajo, creía que se había quedado seca por dentro. Al fin no le hacía daño la manera agresiva de él de remover el té, no le hacía daño su escupitajo perenne en las orejas, ni le afectaba su sordera crónica. Pagó el café (un euro treinta, por favor) y se marchó. Sobre una mesa de mármol blanco se quedaban sus años de joven, unas cuantas cartas –copiadas– de amor y un Scotch-Brite con el que se fregaba, periódicamente y con mucha furia, el corazón gastado.