No hay prisa. Sus dedos se deslizan sobre la piel de ella como quien toca un teclado sensible. Palpa y acaricia, encontrando terrenos familiares e inhóspitos. Sitios que ya había olvidado. La sostiene delicadamente por la nuca con una mano, mientras con la otra le aparta el pelo de la frente. Posa las yemas de sus dedos en la concavidad de sus párpados, y los desliza hacia abajo, arrastrándolos hasta su nariz y sus labios húmedos. Luego acaricia su nuca, sedosa y cálida, el refugio donde todos querrían estar. Tiene la cara tan cerca de la suya que parece que la va a besar.

En lugar de eso, se aparta bruscamente y le dice al forense:

- No hay duda. Es ella.

Entonces firma los papeles y se va, todavía con rastros de su piel muerta en las manos, con su aroma familiar incrustado en la nariz. Con una leve impresión de mareo y náuseas que lo mantiene atrapado durante más de una hora en el borde de una acera en Londres.