A ella no le gustaban los tipos que iban al bar. Le daba asco la manera que tenían de darle las gracias cuando les servía la primera cerveza. Le provocaban náuseas las miradas sugerentes mientras les servías la segunda. Se sentía sucia cuando les servía la tercera. Y los mataría, juraba que podría matarlos a partir de la cuarta. Porque ella no es una cualquiera, sabes. Ella solía trabajar ahí por pura necesidad. Desde luego, el local no estaba a su altura. Pero algo es algo. No descarta, -a pesar de que hoy el futuro no aparezca muy claro- dedicarse a algo de más categoría, pronto. Algo grande.
Desde que empezó, soñaba con dejar plantados a los imbéciles de los porteros, al gerente calvo, a las camareras rubias que reían los chistes a quien dejaba buena propina. Cuando aquel cliente le echó la mano al culo, no pudo más. El jefe, ese idiota, no tenía derecho a pedirle que soportara esto. Se habían sucedido más de tres charlas bien lejos de la barra. Tenía que aguantar. Al fin y al cabo, no era para tanto. Pues no. Era, claro que era para tanto. Ya le había explicado –se lo había dicho muchas veces, me explica- que ella no era una de aquellas. Que, por mucho que pagara, lo máximo que haría por él sería llevarle una cerveza bien fría. Y marcharse. Pero el señor X se había encaprichado, me dice. Era patético. Un buen hombre de provincias, gordezuelo, con cara de oficinista aburrido y de amante impotente. Le recordaba a su propio padre.
La noche siguiente era Nochebuena. Pensó que, al menos, al desdichado no se le ocurriría ir al bar. Pero apareció, seguramente después de dar buena cuenta de la cena que le había preparado primorosamente su mujercita –se había fijado bien, el muy cabrón llevaba alianza de casado –. Cuando el gerente le indicó, con un gesto de su calva cabeza, que atendiese al señor, no lo dudó un momento. Debajo de la falda corta, llevaba un cuchillo de cocina.
Hoy, Nochebuena dos años después, esta vez detrás de unas rejas, aún me cuenta con deleite cómo se aproximó, insinuantemente (esta vez sí), a la mesa de aquel animal babeante que ya había puesto sus billetes sobre la mesa. Cuando, como de costumbre, él intentó, con disimulo, alzar su falda con el codo, Verónica le agarró del brazo. Se lo sujetó tan fuerte que el pobre imbécil no pudo forcejear. Me cuenta que fue tan rápida que aquel bastardo no pudo reaccionar. Aplastó su mano sebosa contra la mesa de madera y, antes de que el jefe o alguna de las camareras pudiese detenerla, lo hizo. Si se lo pides, te describirá con pelos y señales la manera en la que el hombre sudaba, la fuerza de la mano de ella contra sus tendones. Lo lento que le pareció que sacaba el cuchillo de entre los pliegues de su falda. Y el olor, el sonido al rebanar despacio todos los dedos de la mano izquierda, que se quedaron allí, sobre la mesa de pino. Sus personales regalos de Navidad a todas las vejadas por los uno, dos, tres, cuatro, cinco miserables dedos de aquel hombre.