Todo a Cien
Y, aunque hubieran pasado muchas tardes de compras compulsivas,
ya no le quería. Lo supo desde el momento en el que él quiso entrar en un Todo a Cien a regalarle una de esas cosas inútiles, y ella se negó, alegando algo de un dolor de cabeza y de que tenía que marcharse a clase.
Los Todo a Cien habían tenido siempre algo especial. La primera vez que se vieron, él estaba discutiendo con un vendedor el precio de una corona de mal plástico, de esas con luces que se encienden y apagan. Ella se rió y puso sobre el mostrador lo que había comprado: tres paquetes de velas (de vainilla, todas de vainilla). Él comentó que no le gustaba el olor. Que en cuanto encendías una, la casa olía como una pastelería. Ella le dijo que le encantaría vivir allí. Rodeada de napolitanas, en especial. Las napolitanas de crema eran sus preferidas. Al final de la tarde, después de salir de la tienda, él se quedó con una vela y su número de teléfono.
Desde entonces, cada tarde era un ir y venir de muñequitos de cerámica de la mala, posavasos, peluches y paños de cocina. Sólo ellos entendían por qué era tan divertido pasar horas en el mundo kitsch de los saldos de veinte duros.
Cada aniversario se regalaban una vela de vainilla.
Una mañana, ella vio como un hombre descolgaba el ajado cartel que ponía “Todo a 100” y lo cambiaba por un póster brillante que anunciaba la llegada del “Gran Bazar Chino” al barrio. Con precios más competitivos y mucha más variedad.
Ella comprendió que todo, todo había terminado.


aguilar dijo
Es original, muy original. Y desconcertante.
22 Noviembre 2005 | 05:53