Había algo de dulce en sus ojos, como si todas las drogas del mundo no pudieran borrar una infancia plagada de educación y buenas maneras, de "por favor" y "gracias" cuando te pasan la sal, de no aceptar regalos de desconocidos, del beso a tus abuelos, que también eran desconocidos, al fin y al cabo...

Ni todas las drogas del mundo le hubiesen hecho dejar de hacer gestos a los bebés, de dar dos besos a la pasajera que se sienta a su lado, de atarse los cordones metódicamente, despacito, despacito. Se dormía, y bolas de chocolate rodaban por el suelo del tren...