“Hoy nadie quiere ser artista”, se quejaba, con la mano huesuda extendida siempre hacia arriba. A veces, cuando se recordaba a sí mismo en otro lugar y en otro tiempo, los ojos se le llenaban de agua y parecía que iba a estallar. Pero nunca lo hacía. Los hombres no lloran. Se limitaba a seguir sentado en la Calle Real, viendo pasar gente que no lo veía, cargados de bolsas y cupones-descuento, inmersos en la marea de las Rebajas, preocupados por llevar a la niña al colegio y por los papeles del divorcio, qué caray, todo va tan lento y este país va cada día peor. Acariciaba con los dedos amarillentos una vieja guitarra. Un hombre arrugado, encorvado sobre una acera. Un vagabundo. Que no podía llorar. La artritis se ensañaba con sus dedos, se quejaba a veces, frente a algún romántico que apreciara sus canciones rotas. Los dedos se le doblaban en curvas imposibles, y ya no podía afinar las cuerdas como en los viejos tiempos. Se sentía inútil, pero no lo decía; mucho menos se le hubiera ocurrido derramar una lágrima por sus manos, el único instrumento que había sabido utilizar con propiedad en toda su vida. Se aferraba, algunas noches, al vino peleón, como anestesia y elixir para inspirarse. Pero hacía años que no componía canciones. Acababa echando los hígados en alguna esquina, esquivando los golpes ciegos de la policía o huyendo de un botellazo perdido en una pelea de indigentes. Y se sentía tan solo que dolía, por dentro, porque no lloraba, ni cantaba canciones al pasado. Sesenta y tres años y seis cuerdas. Y ni una sola lágrima. Los hombres no lloran.