Pese a todo, sé que la próxima vez tampoco pararé.
Era una mujer tan delgada que las costillas se le marcaban en la camiseta azul. Mujer no, chica, corregí. Tenía los brazos flacos. Y se sujetaba las rodillas con las manos, aislándose del mundo. Estaba sentada al pie de la acera, de espaldas a la carretera. Tenía el pelo graso y enredado. Juraría que la vi en otro lugar. Yo caminaba, con mi habitual cara de mosqueo (involuntaria) para andar. Cargaba mi bolso lleno de cosas que me pesaban, y sólo quería subirme al coche y poner la música a todo volumen. Crucé la carretera en un paso de cebra que estaba a su lado. Y sé que tuve miedo. No sabía qué podía estar haciendo allí, a la vereda de una carretera por donde pasaban, acelerados, cientos de trabajadores hacia casa de mamá. Estaba tan delgada que, digo, las costillas se le marcaban en la camiseta azul. Y se sujetaba las rodillas con las manos. Y estaba de espaldas. Pero luego se giró. Y tenía la cara blanca, y triste. Y era joven. Tenía ojeras. Azules. Como la camiseta. Le di igual. Me miró con indiferencia. No sé si me vio. Creo que estaba en otro lugar. Muy lejos de la carretera, de la camiseta azul, de los coches, de los pucheros de mamá. Se aferraba a sus rodillas como si no nos necesitara para seguir. Miraba, expectante, la valla metálica. Me la crucé muriéndome de ganas de preguntarle qué sentía, por qué ella, por qué esa delgadez, y a dónde iba yo, qué había detrás de esa valla, si compensa dejarse llevar. ¿Dónde te vi la última vez, chica de las ojeras azules?


hulandron dijo
Al menos, la vistes y pudistes analizar su instante.
22 Agosto 2005 | 04:40 PM